CHALE
Hay muchas contraveresias ante la muerte de uno de los hombres que originó una segunda geuerra mundial en donde murieron millones de personas y que se propuso conquistar al mundo, según se comenta terminó sucidandose, una vez que ya sabía que los rusos estqaban en Berlin, en el bunker en donde él se encontraba..

Se ha escrito, que durante la noche del 28 al 29 de abril de 1945, Adolf Hitler escribió sus últimas voluntades y elaboró un testamento político mediante el que nombraba sucesor en el gobierno del Estado y de la Wehmacht al gran almirante Karl Doenitz, encomendándole la misión de continuar el combate, más allá de su muerte, hasta el hundimiento total. Como albacea testamentario y ministro del partido nombró a Martín Bormann y como canciller del nuevo gobierno a Joseph Goebbels. Para ello expulsaba a Göring y a Himmler del partido y de todas sus funciones, por haberle traicionado.

Llegó al búnker la noticia del ignominioso asesinato de Benito Mussolini y de los ultrajes a que su cadáver y el de su amante Clara Petacci fueron sometidos al ser capturados por unos guerrilleros comunistas en el norte de Italia. Sus maltrechos cuerpos fueron colgados por los pies y expuestos a la vergüenza pública en una gasolinera de la Piazzale Loreto de Milán, donde una masa vociferante los apaleó, escupió y les arrojó piedras. El relato conmovió profundamente a Hitler.
De acuerdo a ajzanier.com.ar en la mañana del 30 abril de 1945, cuando los rusos ya estaban a metros del bunker en la cancillería, Hitler llamó a Bormann y después a Otto Gunsche, su ayudante personal.Les dijo que su esposa y él se suicidarían aquella tarde y les ordenó la ingrata tarea de rematarlos en caso de que aún estuvieran con vida.Pidió expresamente que los cuerpos fueran quemados para evitar que su cadáver fuera sometido al escarnio público en Londres o New York."No quiero terminar en un museo de cera", repetía en sus últimos días acaso afectado por el triste final de Mussolini.

Poco después del mediodía Hitler y Eva Braun se suicidaron con una cápsula de cianuro.Al parecer Hitler tuvo el tiempo suficiente para pegarse un tiro en la sien con su pesada Walther de 7.65 milímetros.Luego su ayudante llevó los cuerpos hasta el jardín de la cancillería, los rocío con gasolina y les prendió fuego.Hasta aquí la versión mas aceptada de la muerte de Hitler y de Eva Braun.

No fueron pocos, sin embargo, quienes manejaron la hipótesis de una supuesta fuga de Hitler hacia Sudamérica y , entre ellos, estaba la autorizada voz de Josif Stalin El dictador soviético murió convencido de que Hitler se había escapado a Sudamérica de la misma forma en que lo habían hecho muchos otros jerarcas nazis.El cadáver que encontraron los rusos al llegar a la cancillería y que en muchos libros aparece como el cadáver de Hitler, era en realidad el cuerpo de un doble que distaba mucho de parecerse a Hitler.Entre otras cosas, se comprobó que medía 10 centímetros menos que Hitler, sus orejas no guardaban relación e incluso los detalles de su vestimenta habían sido trascurados.El cadáver tenía medias rotas y gastadas, unos pantalones anchos y viejos que nada tenían que ver con la pulcra vestimenta de Hitler.Lo más curioso es que distaba mucho de ser un cadáver inicinerado pues su cara era fácilmente reconocible y resulta impensable que el eficiente ayudante de Hitler pudiera descuidar semejante detalle.Los rusos, por supuesto, no se tragaron el señuelo pero le dijeron al mundo que ese era el cadáver de Hitler.En base a esta evidencia irrefutable, Stalin alimentó sus serias dudas acerca de la muerte de Hitler y murió convencido de la fuga de su colega alemán.Lo que no tuvieron en cuenta Stalin ni los partidarios de una supuesta fuga, es la mentalidad de un hombre como Hitler.Era tal el grado de identificación que Hitler tenía con su patria que difícilmente hubiese podido sobrevivir un día a la catástrofe de su amada Alemania.Hitler había sido un hombre de acción toda su vida y no hubiera soportado una vida plácida en el exilio.A esto hay que sumarle su pésimo estado de salud.A sus 56 años Hitler aparentaba ser un hombre de más de setenta, arrastraba los pies al caminar y por el Parkinson sufría temblores en ambas manos.Sus últimas fotografías lo muestran con el rostro sumido, los párpados hinchados y un pelo encanecido y ralo.En 1944 su médico personal envió unas radiografías de Hitler a un centro cardiológico de Berlín bajo un falso nombre para no influenciar el dictamen de los médicos.El resultado no podía ser más desalentador ; los facultativos le otorgaban al paciente una sobrevida de dos años.El cóctel de medicamentos al que era sometido junto a la tensión propia que le generaba la guerra fueron minando su físico con una rapidez devastadora.Hitler en sus últimas fotografías, viejo y encorvado parece otra persona en relación a lo que era apenas cinco años antes.Su capacidad mental, en cambio, parece haberse mantenido intacta a juzgar por el testimonio de sus más íntimos colaboradores y secretarias.

De todas maneras, queda claro que si Hitler hubiese querido escapar podía haberlo hecho sin mayores dificultades.Cientos de oficiales y jerarcas alemanes lograron escapar a distintos puntos del planeta, incluso después de la rendición alemana.De hecho, esta alternativa le fue propuesta a Hitler con insistencia por parte de sus más íntimos colaboradores.Pero Hitler hasta el último día creyó que la guerra podía ganarla con sus misteriosas armas secretas(acaso la bomba atómica) y apostó quedarse en Berlín hasta el final.Las pruebas que confirman que Hitler cumplió su promesa son abrumadoras.De todas formas, Hitler quería morir de otra manera, combatiendo en el frente de batalla, como en sus viejas épocas de soldado.Su pésimo estado de salud con un Parkinson que le impedía portar armas(ni siquiera podía escribir) y la acertada observación de Goebbels, en el sentido de que podía caer vivo en manos de los aliados, lo hicieron cambiar de idea.El suicidio y luego la incineración de su cadáver alimentaría el mito de su condición extraterrena.El hombre que creyó toda su vida haber servido los designios de la Divina Providencia, desaparecería de la tierra bajo el mismo manto de misterio que envuelve la muerte de Jesucristo.La proverbial genialidad propagandísitica de Goebbels se manifestaba por última vez .
generalismofranco.com escribe al respecto, que Hitler y Eva despues del almuerzo, regresaron a sus habitaciones. Todos se retiraron a excepción de Günsche y Linge que se situaron enfrente de la puerta, siguiendo órdenes de Hitler para velar la entrada hasta después de su muerte.

Lo que ocurrió después no se ha podido averiguar de manera cierta. Según algunos testigos contaron que oyeron un único disparo hacia las tres y media de la tarde. Una de las versiones dadas es que Hitler empuñó una pistola ‘Walther’ de 7,65 mm. y que se encontraba en la antecámara de sus habitaciones con Eva. Pero ésta ya estaba muerta, tendida sobre un sofá y con un leve rictus de dolor en el rostro: había ingerido una cápsula de cianuro potásico. Hitler se sentó en el sofá frente al cuadro de Federico el Grande de Anton Graff. Tenía la cabeza apoyada contra el respaldo y la boca torcida. En la sien derecha se apreciaba un negro boquete del que todavía manaba sangre. En la mano izquierda, sobre el corazón, oprimía el retrato de su madre. La mano derecha pendía inerte, después de haber dejado caer al suelo la pistola.

Al oír el disparo, entró en la sala de estar del Führer su ayuda de cámara, Heinz Linge, seguido de Günsche, Goebbels, Bormann y Axmann, que estaban esperando acontecimientos en la sala de los mapas. Vieron a los dos cuerpos postrados. Günsche llamó al doctor Ludwig Stumpfegger, el cual previo examen de los cuerpos certificó su muerte.

Linge y el médico del Führer, Stumpfegger, sacaron el cadáver de Hitler en- vuelto en una manta. Bormann les seguía llevando a Eva Braun en sus brazos. Los dos cadáveres fueron depositados en un hueco producido por un obús en el jardín. El chófer personal de Hitler, Erich Kempka y Günsche colocaron el cuerpo de Eva a la derecha de Hitler. El bombardeo de artillería aumentaba considerablemente, por lo que ambos optaron por ocultarse en la entrada del búnker. Luego y tras varias tentativas, con las latas de gasolina rociaron los dos cuerpos. Cogieron un trozo de papel impregnado en gasolina, lanzándolo sobre los cadáveres, que ardieron enseguida, despidiendo enormes llamaradas de más de dos metros de altura.

Goebbels, Bormann, Stumpfegger, Günsche, Linge y Kempka, hicieron el ultimo saludo nazi a los despojos chirriantes que el fuego devoraba por los cuatro costados. Para Günsche, ése sería “el momento más espantoso de su vida”