CHALE
Todo aquel que se ha identificado su rol del por qué se manifiesta con esta forma en una dimensión perecedra, sabe, que debe cultivar y poner en acción sus virtudes a fin de alcanzar un buen crecimiento espiritual que le favorezca en su evolución.
Justamente, hay una virtud que debe cuidar como es el de la templanza que es una virtud cardinal que inclina a quien la posee a ordenar el apetito sensible, es decir a gozar del placer según el orden que indica la recta razón. La templanza abarca a la sobriedad en el comer, a la comodidad en las posturas, etc., y también a la castidad.
Sto. Tomás escribe en la "Summa Teológica": "La templanza que implica moderación consiste principalmente en regular las pasiones que tienden a los bienes sensibles, y esto es la concupiscencia y los placeres, e indirectamente a regular las penas y los dolores que derivan de la ausencia de estos placeres" (qaestio 2, articulum 2). La persona templada es por tanto aquella que se esfuerza por resistir a la atracción de las pasiones y de los placeres, en particular de los sensuales, cuando devienen excesivos.
En los "Sermones de Ludo" del s. XVI, se la pone junto al Amore en tanto virtud que enseña a moderar los instintos.

Se ha escrito también, que como la persona es una unidad y no facetas sueltas, es evidente que quien se esfuerza en vivir la templanza en todos sus aspectos está en mejores condiciones para vivir la castidad que quien no la vive. Como dice un autor espiritual, "quien no es perfectamente mortificado en sí mismo, pronto es tentado en cosas bajas y viles" (Imitación de Cristo, I,6,1); es decir, que quien le da al cuerpo todo lo que pide, que no se queje después de tener tentaciones. La mortificación, el contrariar los gustos es algo necesario porque ese deseo de placer, que en sí es bueno, puede desordenarse.
Es preciso vivir la mortificación en el comer, en el beber, en las posturas al sentarse, en la distribución del ocio, etc. Estar ocioso, en concreto, crea un embotamiento que insensibiliza el espíritu. Estar ocioso es ver programas de televisión o leer revistas insustanciales, es no saber qué hacer y perder el tiempo. Nosotros somos alma y cuerpo, y en la medida en que el espíritu no tira del cuerpo para arriba, el cuerpo tira para abajo del alma. Y uno acaba haciendo cosas de las que luego se arrepiente.
Lisímaco, general de Alejandro Magno, en una batalla en la que le sonreía la victoria, se vio atormentado por una gran sed. No encontrando nada de beber entre sus soldados y habiéndole ofrecido un vaso de agua los enemigos, lo aceptó, yendo al campamento de ellos. Pero apenas lo hubo bebido, conociendo su necedad, lanzó el vaso lleno de cólera, exclamando: ¡Pobre de mí, qué he hecho! ¡Por tan poca cosa he perdido mi vida! Por eso, no hemos de olvidar este consejo: "Al cuerpo hay que darle un poco menos de lo justo. Si no, hace traición" (San Josemaría Escrivá, Camino, 196).

Carlos Díaz Hernádez señala, que cuando los actos necesarios para la vida, tales como comer, beber o la práctica de la sexualidad –entre otros– se ven desbordados por el instinto del placer y se convierten en vicios llamados gula, alcoholismo y lujuria– que dañan el espíritu e incluso al cuerpo al que falsamente satisfacen– la templanza es el único dique capaz de contener tal desmesura. Carlos Díaz en su obra muestra cómo la destemplanza domina actualmente los planos físico, material, espiritual, social, emocional y afectivo en la vida del ser humano, llevándolo al extremo de perder el equilibrio y cometer los mayores atentados contra la vida y la dignidad de las personas. Ante ello, el autor señala la reflexión personal y el razonamiento como medios para lograr un comportamiento mesurado que nazca de la libertad y sea expresión de ésta. .
En definitiva tomése muy en cuenta lo aportado por la conferencia episcopal que el mismo término «templanza» parece referirse en cierto modo a lo que está "fuera del hombre". En efecto, decimos que es moderado el que no abusa de la comida, de la bebida o de los placeres; el que no toma bebidas alcohólicas inmoderadamente, no enajena la propia conciencia por el uso de estupefacientes, etc. Pero esta referencia a elementos externos al hombre tiene la base dentro del hombre. Es como si en cada uno de nosotros existiera un "yo superior" y un "yo inferior". En nuestro "yo inferior" viene expresado nuestro "cuerpo" y todo lo que le pertenece: necesidades, deseos y pasiones, sobre todo las de naturaleza sensual. La virtud de la templanza garantiza a cada hombre el dominio del "yo superior" sobre el "yo inferior". ¿Supone acaso dicha virtud humillación de nuestro cuerpo? ¿O quizá va en menoscabo del mismo? Al contrario, este dominio da mayor valor al cuerpo. La virtud de la templanza hace que el cuerpo y nuestros sentidos encuentren el puesto exacto que les corresponde en nuestro ser humano. El hombre moderado es el que es dueño de sí. Aquel en el que las pasiones no predominan sobre la razón, la voluntad e incluso el "corazón". ¡El hombre que sabe dominarse a sí mismo! Si esto es así, nos damos cuenta fácilmente del valor tan fundamental y radical que tiene la virtud de la templanza. Esta resulta nada menos que indispensable para que el hombre "sea" plenamente hombre. Basta ver a alguien que ha llegado a ser "víctima" de las pasiones que lo arrastran, renunciando por sí mismo al uso de la razón (como, por ejemplo, un alcoholizado, un drogado), y comprobamos claramente que "ser hombre" quiere decir respetar la propia dignidad y, por ello y además de otras cosas, dejarse guiar por la virtud de la templanza.